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Biografía ♦ León Durandin

León DurandinLA MIRADA LATENTE

por Mario Fonseca

“Una obra de arte debe ser una transcripción de la naturaleza… En otras palabras, no hay una partícula de arte en la más bella escena de la naturaleza.El arte es sólo del hombre, es subjetivo, no objetivo.”

(Robert Demachy, 1907)

Como viene ocurriendo recientemente, la irrupción de León Durandin (París 1872-Santiago 1955) en el contexto patrimonial de la fotografía chilena ha sido sorpresiva y sorprendente. A semejanza de lo sucedido hace unos años atrás con Julio Bertrand, pocos sabían fehacientemente de la existencia de Durandin, unos menos habían visto alguna imagen suya, nadie había consignado su relevancia –en este caso técnica, además, de artística y social.

León Durandin llega a Santiago en 1897 como empleado de la Droguería Francesa para encargarse de la incipiente área de productos fotográficos. Va ganando autonomía a medida que crece el interés por este medio, hasta instalarse por su cuenta diez años después. El principal aporte tecnológico que Durandin disemina en nuestro país es la fotografía en color. Ello lo hace por medio de las placas autocromáticas que importa de Europa en 1907, apenas éstas han sido desarrolladas por la casa Lumière en Francia. O sea, tenemos instalado acá a un perspicaz comerciante o a un apasionado fotógrafo, o a ambos caracteres en uno, que nos ofrece, en cuanto está disponible, un medio de registro y expresión inédito. Gracias a ello, se publica la primera fotografía a color –del propio Durandin– en una portada de la revista Zig Zag del mismo año 1907, extendiendo la primicia chilena a la prensa de todo el continente americano.

León Durandin lideró un negocio exitoso porque había sembrado una pasión y la había sabido conducir. No era fácil tomar fotografías y menos aún tomar y revelar imágenes autocromáticas, de modo que para mantener una clientela asidua era indispensable instruirla, y la transmisión de conocimientos surgía de Durandin de manera espontánea a la vez que rigurosa. En 1903 publica su Tratado práctico de fotografía para uso de los aficionados, que actualizaba en cada reimpresión, permitiendo que sus prosélitos tuvieran acceso renovado a la imagen latente que aguarda en los dispositivos químicos impregnados por virtud de la óptica. Especulaciones sobre las cuales él era un conocedor acabadísimo.

Impressions: soleil levant, la pintura de Claude Monet que derivó en nombrar a los impresionistas, fue realizada en 1872, el año en que nació León Durandin. A lo largo de la primera etapa de su vida en Francia, la fotografía se estaba desarrollando a la par con la liberación de la pintura, la cual había sido eximida, precisamente por la fotografía, de su tarea documental. A Durandin le toca vivir un periodo de intensas discusiones alrededor de la imagen –pictórica, fotográfica–, de su rol en la sociedad y de sus opciones en el arte. Por su temprano interés en la fotografía, no cabe duda de que asistió, en 1894, al primer Salón que organiza el Photo-Club de París, fundado por Robert Demachy y Maurice Bucquet, donde pudo haber visto, por ejemplo, las imágenes copiadas en la técnica de goma bicromatada desarrollada por Auguste Rouillé-Ladevèze, la cual permitía intervenir la fotografía asemejándola a la pintura.

Para el artista sensible de la época, los estímulos visuales tuvieron de pronto dos canales de recepción y consignación, en los cuales era priorizada la luz, al punto de que ésta podía determinar el contenido. Pero hay una diferencia fundamental entre ambos medios: mientras los pintores abrían su percepción a lo que pasaba ante sus ojos y lo aplicaban directamente –incluso in situ– con sus pinturas, los fotógrafos intentaban algo semejante a través de una cámara, un lente y un soporte sensible a revelar posteriormente, buscando domesticar una técnica novedosa, de rol documental, para convertirla en una herramienta expresiva.

Como vendedor y pronto como especialista de las nuevas tecnologías fotográficas, a la vez que artista, León Durandin se desenvuelve en medio de estas digresiones. Desde su llegada a Chile, sigue los derroteros de un personaje de sus características, registrando, por una parte, los lugares y eventos que el instinto combinado con el deber de fotógrafo lo conminan a documentar –paisaje urbano y rural; personajes conocidos y anónimos inscritos en ambos; progreso y pobreza; geografía virgen; un terremoto devastador–, pero, por otra,  también buscando aquello que su mirada latente lo impulsa a intervenir y hacer suyo con su fotografía. Para ello los argumentos son una mirada europea, formada en la exaltación de la imagen, una sensibilidad acicateada por la nostalgia, una disponibilidad permanente al asombro, y una cultura visual acendrada.

León Durandin evoca el impresionismo de sus orígenes recabando la luz a través de un artilugio que coincide, en lo técnico, con el puntillismo postimpresionista de Georges Seurat, pero sin restarle la plasticidad emocional a las imágenes. Cuando fotografía en autocromo sabe muy bien cómo será la imagen latente que almacenará su cámara, y es desde este conocimiento que encuadra y compone sus escenas, incorporando, como factores expresivos, la textura del nuevo medio así como su restringida gama de colores. Su mirada latente encuentra en el medio fotográfico el vehículo para impregnar sensaciones y sentimientos, aunque este medio sea también su oficio y su fuente de trabajo, por lo que no se resta a todo lo que él le pide. No obstante, como autor se reserva Peñaflor, algunas escenas compuestas y otros pocos entornos naturales, para desplegar su obra personal.

Mario Fonseca

Santiago, septiembre 2009

> Más información acerca del artista en su web León Durandin

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