2006 ♦ Contractura « MAM CHILOÉ

2006 ♦ Contractura

APUNTES SOBRE EL ARTE ABSTRACTO CHILENO

por Rodrigo Vera Manríquez

Existe una tendencia general dentro del público de arte de asociar la abstracción con lo contemporáneo, haciendo referencia al arte realizado a partir de la segunda década del siglo XX. Si bien esta asociación es cierta, hay que tener siempre presente que el arte nace siendo abstracto; una realidad otra, que trata de ser “la realidad”, no es otra cosa que un ejercicio mental donde las formas primordiales se ven representadas de una manera subjetivada, como visión de ese acontecer constante que desde los ojos del hombre primitivo hasta el contemporáneo no ha dejado de ser un misterio.

Ciertas teorías del arte señalan la condición progresiva de la creación artística, esto es, una constante evolución de la manera de representar que se daría desde las primeras manifestaciones del hombre sobre la piedra hasta nuestros días, obviando a la abstracción como eje fundamental de lo que se entiende como historia del arte. Ha sido esta idea de una realidad otra, el motor que ha permitido pensar el arte como lo entendemos hoy en día, en relación a una puesta en escena y un representar, conceptos que validan la condición creadora y le dan su precepto estético. Es así como la abstracción se presenta como una búsqueda de lo que se encuentra más allá de lo real, de un imaginario subjetivo que se establece a partir de lo concreto, de lo que está dado en el mundo de las formas conocidas, aquello que nos es familiar.  Se plantea entonces a partir de esta búsqueda una serie de relaciones que tienen que ver con el mundo espiritual, con la conexión de lo objetivo y lo subjetivo, con la huída que la abstracción representa, ese escape hacia una dimensión regida fuera de los estatutos físicos en los cuales nosotros nos encontramos, y que encuentra en el arte el canal para exteriorizarse. Siguiendo esta pista, se asocia la abstracción a un recogimiento del hombre creador ante la angustia que significa el habitar el mundo que nos rodea, señalando en la historia periodos de mayor abstracción que coincidirían con un afán de búsqueda espiritual o con desastres producidos por el propio ser humano. Ante lo desconocido de lo que se conoce, la consecuencia es similar a la causa, y lo cotidiano se vuelve confuso, imbricado, deviene abstracto.

Desde el punto de vista del espectador, se nos sustrae de significado lo que estábamos acostumbrados a entender,  aquello que era parte de nuestra realidad ahora se vuelve desconocido, se convierte en “algo como…” o “parecido a…”, con la  consiguiente distancia que logra generar este desconocimiento.

No es ningún misterio entonces que el público se muestre más receptivo a lo figurativo, a lo que se conoce como tal y que no demanda mayor interpretación. Pero en esta tierra de misterios y mitos, todo lo figurativo pierde su condición, se confunde la realidad con lo mágico, se difumina la barrera entre lo creado y lo que se cree. En consecuencia con su entorno, MAM Chiloé presenta para su XVIII Temporada la muestra “Contractura (apuntes sobre el arte abstracto chileno)”, la cual establece un despliegue de técnicas que van desde la pintura, pasando por la escultura y el grabado hasta las técnicas audiovisuales, en una mixtura de tradición y contemporaneidad, todo esto hilado por la constante abstracta, como para disociar la idea que solo une lo abstracto y lo actual, planteada desde un principio. Teniendo este eje transversal, son las técnicas las que nos dan una pauta de  la abstracción en el arte chileno actual, desde un recorrido que se inicia con la presencia ausente de algo que nos recuerda un vehículo, o la idea primordial de lo que podría ser un vehículo, ese concepto que le pertenece al universo inmatérico y que está aterrizado por medio de una forma inflada que nos propone su circulación. Al avanzar nos encontramos con una serie de técnicas que hablan de lo mismo desde diversos lugares, a partir del bordado geométrico que con su composición ortogonal nos recuerda aquel periodo de las vanguardias artísticas donde el rectángulo y el cuadrado fueron vías de escape hacia una espiritualidad, o desde el gesto pictórico que dialoga con los contenedores de aceite en una simetría planteada desde su materia y su escala. Lo geométrico vuelve a  estar presente al hablar de abstracción, se muestra nuevamente como la configuración básica desde donde nace todo lo creado, en una reversión de la idea entrópica que señala un caos como final de todo proceso. Esto nos demuestra que lo abstracto no implica lo carente de método, de una manualidad aplicada en pos de un concepto que no se encuentra presente, pero que en alguna parte está. Lo mismo para aquel dialogo señalado entre la mancha y la ortogonalidad que se enfrentan cada una como portadoras de todo un universo simbólico que es necesario buscar. El objeto también se muestra contenedor de una idea que va más allá de su propia condición utilitaria, un traspaso de lo cotidiano a lo no figurativo desde la puesta en escena de su inutilidad. Si antes servía para algo que nos era conocido, ahora esa función es despojada en el minuto que pasa a formar parte de otra idea, de una sacralización de esa funcionalidad por medio de su propia incapacidad de servir para algo en su nueva instalación.

Todo esto emplazado en el edificio de MAM Chiloé adquiere un doble valor abstracto, debido a su situación  que permite la valoración de la obra de un modo más cercano, un acercamiento real a esa búsqueda de un significado sustraído. Eso ocurre en la interacción de las obras que se encuentran luego del pasillo conector, las cuales dominan un espacio tetradimensional desde el montaje espacial de los grandes piezas escultóricas blandas, la condición horizontal de la circunferencia bicolor y la inclusión del tiempo en la propuesta de video-instalación. Esta relación se muestra propicia como montaje que interpela a través de  su propio espacio, de un tránsito visual que recorre cardinalidades diversas con el componente temporal de por medio, el cual configura nuevamente un encuentro de técnicas dirigidas hacia fuera del límite de lo aparente.

La tensión está dada a partir de la materia y su ejecución, en el detalle de la ficha que acompaña la obra que se suspende del entramado del museo, referencia a la condición manual de la elaboración de las esculturas. Dentro del arte contemporáneo se entiende que es la idea lo que prima sobre la ejecución en  la relación obra-artista, teniendo la opción de dejar la manufactura en otras manos que no sean las propias del artista. Aquí es rescatado como detalle esa ejecución práctica en un ejercicio que traspasa la pieza como objeto provisto de una materialidad ajena a lo que tradicionalmente se entiende como escultura, para situarse en la búsqueda de lo que como espectador se quiere ver representado.

En el espacio lo mismo para el plano, en una situación circular donde se emplaza la obra que transgrede la noción de soporte y materia, siendo ambos al mismo tiempo. Este encuentro se ve enriquecido por la iluminación que evidentemente va variando a medida del paso del tiempo, conjunción de la naturaleza y el edificio por medio del vano escalonado que sirve como telón de fondo a la obra horizontal que demanda su propia espacialidad. Y si el tiempo se hace presente de manera indómita, en la propuesta de video-instalación se cumple la utopía de controlarlo a voluntad, en una temporalidad capturada por el registro audiovisual que nos entrega la conjunción equilibrada entre lo inmatérico y la puesta en escena de su soporte. El desfase de la narratividad entregada permite advertir el elemento tecnológico que presta utilidad al montaje, pero que también pasa a ser parte de la obra, en un asalto a los sentidos desde el circuito electrónico mismo que nos enfrenta de lleno con un fragmento de realidad manipulado para poder apreciarlo una y otra vez, mediante ciclos que nada tienen que ver con la concepción convencional de segundos, minutos u horas, entrando en una temporalidad propia, secuestrada de la que nos rige físicamente, la cual es administrada en secuencias y narratividades  que proponen un invitación a la abstracción para poder enfrentarla en una dimensión distinta.

Se plantea esta última interacción de las obras a manera de nudo  del recorrido, teniendo la opción de dirigirse hacia la derecha o la izquierda para luego volver a pasar por el centro. Si es la primera alternativa la elegida, nuevamente el desplazamiento de las técnicas es una constante. Ya sea desde la tradición del grabado o de la pintura, las técnicas se transgreden a sí mismas en el afán de romper sus propios límites. Así el grabado sale de su condición bidimensional para enfrentar al espacio en un circuito totémico en que nuevamente está presente la geometría ortogonal como vehículo. El espacio se comporta como contenedor de conceptos, de simbolismos que por medio de frases o reflejos nos indican la confluencia entre la obra y el espectador, ese límite en que la creación deja de pertenecer a una dimensión física e ingresa a una idea. Verse reflejado en parte del montaje en nuestra condición vertical nos introduce en la obra, no hace ser uno más de los pilares que establecen una fundación de tiempo y espacio, acto primordial de cualquier ejercicio creativo resuelto en esta ocasión por una técnica tan tradicional como el grabado. La dirección enhiesta de cada pilar nos comunica en un arriba y un abajo, con toda la carga simbólica que este tránsito involucra, nos refleja y nos hace parte, actúa sobre nosotros de manera orgánica tratándose de algo inerte.

Si la situación normal de la pintura es de manera vertical en el plano, ¿Cuál sería la situación de un cubrepiso pintado?. Es esa la interrogante planteada por la otra obra de la sala, la condición de soporte de un elemento horizontal utilizado para el transito donde se ejecuta la puesta en escena de algo que nos reclama verticalidad. Es abstracto lo representado pero es abstracta también la idea, la cual trastoca la ubicación de lo convencional.

Por último, el montaje de la sala opuesta que fue financiado con apoyo del Fondart y que persigue por medio  del óleo el entronque entre la tecnología y nuestra realidad cotidiana. Es el paroxismo de la pintura, la técnica llevada al límite de su disponibilidad en una muestra que señala el rumbo que debe tomar la tradición enfrentada a la proliferación de la imagen mediática. En una época en que todo es imagen, y toda imagen es símbolo, la diferencia entre obra y medio es casi imperceptible, sustentada únicamente en preceptos teóricos. En este caso, la obra se resuelve por sí sola, es pintura en su extremo pero siempre pintura, con soporte y técnica tradicional pero con un concepto contingente y acusador de una realidad patente en la contemporaneidad de la tradición pictórica. Los formatos cuadrados y las capas y capas de óleo nos hablan de un oficio de pintor desde su condición ahistórica. La temática y el montaje nos señalan el punto exacto en que la obra se encuentra dentro del devenir de la pintura. Todo se encuentra ligado: el dibujo, el texto, la composición áurea  de ciertos fragmentos, la inclusión de la ciencia en la búsqueda de una abstracción que eleva lo que se entiende por pintura a un estado que equidista entre la técnica y la idea. Cada obra funciona por sí sola pero también dentro de un montaje, galaxia de un universo que a su vez interactúa con el paisaje exterior por medio de la gran ventana de la sala.

Si en algún momento el visitante tuviera la oportunidad de recorrer el edificio del museo sin montaje alguno, se daría cuenta que la abstracción no es una condición privativa de la obra de arte, sino un estado en el cual operan otras claves de entendimiento. Las paredes, las vigas y el entorno entregan las garantías para llegar a ese estado de formas primordiales, a esa búsqueda de la no apariencia en que se resuelve el arte abstracto, entendiéndolo no como una manera de representar, sino que como una poética, una alternativa a salir de la terrenalidad  para acceder  a otro estatuto, constante histórica también presente en el arte chileno contemporáneo.

Rodrigo Vera Manríquez / Teórico del Arte

Centro de documentación y registro de las artes visuales (CDR) – Universidad de Chile

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